
Bio
Me convertí al cristianismo a los dieciséis años por una experiencia que me generó muchas preguntas.
En la iglesia no las sabían responder,
así que a los dieciocho entré a estudiar teología.
No buscaba confirmar lo que creía: quería respuestas.
Los libros me abrieron horizontes que desbordaban a la religión popular y que, en algunos casos, chocaba con ella. Fui acumulando preguntas que no tenían lugar en los espacios donde se suponía que debía hacerlas. Había pasado de «no encontrar maestros» a «discutir con líderes» que tenían intereses distintos de la verdad.
Y yo, mientras tanto, quería más rigor, necesitaba más herramientas, exigía honestidad intelectual.
Así llegué a la filosofía.
La facultad de filosofía y los desencuentros con mis viejos círculos fueron un desierto. Mi pensamiento brota de la crisis, no de la comodidad de un despacho o de un púlpito. Pero salí con más claridad que antes porque allí encontré a los referentes que marcaron mi forma de pensar: Hans Küng, Manuel Fraijó, Nicholas Rescher…
El principal es Wolfhart Pannenberg. Con él aprendí a reconstruir mi pensamiento desde abajo. Y en ese proceso, muchas lecturas y anécdotas me llevaron a la convicción de que mi camino tendría que ser propio: la academia está ensimismada, la iglesia tiene otros intereses, y ninguna estructura que conozca se ocupa de las preguntas que realmente importan.
Academia
Estudiando filosofía me sorprendió descubrir que ambas disciplinas se necesitan: la teología sin filosofía es ciega, y la filosofía sin teología queda incompleta. Eso es lo que me llevó a buscar una integración de mis estudios que iba a resultar en el conjunto «racionalidad · fe · cultura» o sus respectivos: filosofía, teología, ciencias de la religión.
Mi trabajo de fin de grado fue un monográfico sobre Wolfhart Pannenberg —sobre el diálogo entre teología y teoría de la ciencia. Pannenberg me enseñó que ese diálogo no es optativo: es inevitable. Y que la teología, si quiere ser honesta, tiene que someterse a los mismos criterios de racionalidad que cualquier otra disciplina que pretenda decir algo verdadero sobre la realidad.
En el máster de investigación estudié la relación entre fe y filosofía en Hegel, evaluada críticamente desde la obra de Hans Küng. Küng me dio algo distinto a Pannenberg: no el método, sino la lucidez. La convicción de que la crítica interna es más exigente —y más honesta— que la ruptura, y el cuidado por los detalles incluso en las propuestas más oscuras.
Actualmente realizo una tesis doctoral sobre los fundamentos de la filosofía de la religión, en la Universidad Pontificia Comillas y La Salle-URL.
La filosofía de la religión es una disciplina que aprendí a amar leyendo a Manuel Fraijó —y a sus compañeros de viaje: Mardones, Caffarena, etc. Pero es una disciplina con problemas de articulación que nadie ha resuelto del todo. Mi tesis intenta hacerlo desde el marco epistemológico de Nicholas Rescher: otro filósofo injustamente desconocido fuera de los círculos académicos, cuya obra ofrece herramientas precisas para pensar la racionalidad de la fe sin traicionar ninguna de las dos palabras.

La búsqueda no ha terminado
Empecé con la teología y la filosofía amplió el horizonte.
Pero es preciso hacer el camino de vuelta.
Retomar las preguntas, repensar los temas y esbozar una respuesta.
Provisional —como todas— pero más amplia, más honesta y más exigente.
Ese recorrido es lo que encontrarás en Pensar en Vano.
Si quieres seguirlo de cerca, El Cuaderno es el lugar.
